15 jun. 2009

FACTORES QUE AFECTAN NEGATIVAMENTE EL DESARROLLO DE LOS ÁRBOLES URBANOS

No escribiré sobre una nueva ciudad ni tampoco una ciudad ficticia. Se trata solo de una ciudad, quizás como muchas, donde se practica de forma cotidiana la miniaturización (jibarización?) de árboles que en condiciones normales, en los bosques y montañas donde crecen de forma natural, alcanzarían un pleno desarrollo, quizás 20, 30 o más metros de altura, con frondosas copas y gruesos fustes, muestras aéreas de un poderoso también sistema radicular: en el mundo forestal se conoce la simetría que existe entre la copa de un árbol y sus raíces.

Pero nacieron aquí, en la ciudad. Sus semillas no provienen de ejeplares que viven en sus zonas de origen, sino que han sido “seleccionados” por criterios humanos, que alguien definió como importantes o simplemente se recogieron semillas del árbol mas cercano, el que estaba mas a la mano. El resultado de una práctica como esa es notorio: todos los ejemplares de esa especie son iguales, crecen iguales.

Construimos estacionamientos subterráneos bajo nuestras principales calles, construimos el metro bajo nuestras calles, bajo las veredas se construyen ductos por donde pasará el tendido eléctrico, los cables del teléfono, del TV cable, entre otros. Luego plantamos árboles que no tendrán espacio para que sus raíces crezcan. O peor aún, el diseño de la nueva acera o del “espacio verde” contempla una profundidad de dos o menos metros, para que cada árbol disponga de algo así como un metro cúbico de tierra para su desarrollo radicular. Entonces las raíces de ese árbol, que como dijimos, de forma natural alcanzaría 20, 30 o más metros de altura comienzan a girar chocando con el cemento y no se pueden desarrollar.





Otra de las formas de jibarizar un árbol es simplemente plantándolo en un lugar con suelo compactado. de forma natural, quizás en un bosque, el suelo tiene una porosidad que se ha ido formando por la descomposición de la materia orgánica, la acción de microorganismos y de las propias raíces. Nada de esto sucede en la ciudad. La única fuente de materia orgánica podrían ser las hojas que caen, las que no son incorporadas al suelo del árbol sino barridas. La porosidad del suelo es la medida de la cantidad de agua que el suelo puede almacenar en cada lluvia o riego, para alimentar al árbol. Mientras mas compactado esté el suelo, menor será la cantidad de agua que escurrirá en profundidad. A eso debemos sumar la falta de riego en primavera, verano y otoño. Estamos frente a un milagro de la naturaleza: solo un milagro permite que nuestros árboles continúen con vida.

A esta situación se debe sumar la contaminación del aire. Muchos nos hemos preguntado sobre el efecto de la contaminación del aire en los árboles, por ejemplo cual es el efecto del material particulado (PM10) en las hojas de los árboles. Las partículas provenientes de los tubos de escapes de los vehículos motorizados o del polvo en suspensión se depositan sobre las hojas, disminuyendo la capacidad de éstas de captar el calor proveniente de los rayos del sol. El color de las hojas tiene que ver con el segmento del espectro lumínico que necesitan para hacer fotosíntesis. También ocurre que esas partículas (PM10) son absorbidas por los estomas presentes en el envés de la hoja, lugar por donde los árboles respiran, actuando como tapones. Finalmente la hoja no resiste la contaminación y el árbol debe reemplazarla. Así con todo su follaje. Entonces el árbol respira menos y tienen menor capacidad para hacer su fotosíntesis.

Es posible encontrar todas estas situaciones en nuestras ciudades, a las que se suma la “poda”. La más famosa de todas: “la poda del alcalde”. La más común: el “desmoche”. Ambas significan la corta total de las ramas del árbol, pero en el segundo caso es realizada por el vecino, aquel dueño de casa que tiene un árbol frente a su domicilio y que cree a pie juntillas que un desmoche fuerte le da mayor vigor a la retoñación en la próxima primavera. Me pregunto ¿de donde habrán sacado una idea tan absurda?. Otras formas de poda es el levantamiento, en aquellas calles donde se plantaron árboles de copa abundante la que, con el tiempo, interfiere con la iluminación pública. Entonces la mejor solución no es bajar la luminaria, sino: “levantar la copa” del árbol, generando de esa forma un deformación del árbol que queda escuálido de ramas y con una altura tal que difícilmente se podrá recuperar del daño recibido.

No quiero dar una versión periodística de este asunto, como bien señala Monseñor Chomalí al referirse al actuar de los periodistas: ” muestran el árbol que se cae y no los que crecen”.

La verdad es que son muchos los árboles que en nuestras ciudades crecen en suelos profundos y de buena textura, que reciben riego adecuado y frecuente, que están vigorosos y renuevan de forma permanente y silenciosa su follaje, combatiendo así la contaminación atmosférica. Que disponen de espacio aéreo y no son podados, salvo una que otra intervención propia de los años. Pero debemos reconocer también que son muchos más los árboles que instalados en lugares donde, por las mismas razones aquí expuestas no podrán desarrollarse plenamente. También muchos árboles recién plantados morirán por descuido o daño intencional.

Regar los árboles significa aportar dos riegos al mes al árbol que está fuera de nuestro domicilio, cuestión que no parece difícil. Cuidar los árboles significa picar la tierra de la taza de los árboles para que el agua escurra en profundidad. Respetar los árboles significa elegir el árbol adecuado y ponerlo en el lugar adecuado para que luego de los años no tengamos que destruir sus copas por razones inhumanas.


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